España no lee, o eso dicen

Ángel Ludeña (@AngelLudena)

Con la llegada de las Navidades todo es paz, amor y consumismo. Los centros comerciales hacen el agosto en pleno diciembre con la venta de absolutamente todos sus productos. Cuentan algunos trabajadores que es la etapa del año en la que todo vale si se trata de gastar y regalar.

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En un momento en el que la cultura parece no tener cabida en lo que a regalos se refiere, van los datos y nos sorprenden. El regalo estrella de las navidades no es otro que los libros. Si no sabes qué comprar a alguien, le compras un libro. Esta curiosa pero acertada teoría funciona, y tanto que funciona.

Los autores se pelean con las editoriales al ser presionados por adelantar sus preciados trabajos a fechas concretas, que si la feria del libro, que si San Valentín y, por supuesto, Navidad. Este año no ha sido una excepción y las librerías  mostraban colas interminables para hacerse con los ejemplares de grandes éxitos literarios.

La clave, según los expertos y el ojo de los compradores, es el nombre del autor y la portada. Si el escritor acumula grandes éxitos (con uno vale) en su carrera, basta con poner eso de “Del autor de…” para tener la venta hecha. Si la portada es bonita, colorida y con una fuente adecuada, venta hecha. El Corte Inglés dice a sus clientes que se han quedado sin existencias de las ediciones más preciadas, de los libros más vendidos. Algunas de las librerías de Madrid se tiran de los pelos por quedarse sin los grandes éxitos del año al agotarse en pocos días.

Luego hay quien dice que España no lee. Leer no lo sé, pero comprar sí que compran.

Más allá del museo

Sheila Martín (@sheilamartinw)

Hay una embarullada idea que suele obligarnos a acudir a museos y galerías para disfrutar de verdaderas obras de arte. Sin embargo, no todas las pinturas o creaciones escultóricas se alojan encerradas entre paredes. Lejos de trabajos que han marcado la historia de años anteriores, el siglo XXI nos ofrece una visión del arte que rompe con todos los esquemas precedentes. Basta con salir a la calle, dejarse caer por cualquier rincón, curiosear y descubrir.

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Sin ir más lejos, el barrio de Lavapiés se ha convertido de algún modo en uno de esos museos que tanto reclamamos a la hora de apreciar arte. En cualquier fachada, baldosa o balcón se esconden piezas de arte urbano cautivadoras y que tantas veces pasan desapercibidas. En un empeño por dar a estas creaciones el protagonismo que merecen, los artistas del barrio se han aliado con los comerciantes, que darían cobijo a sus trabajos dentro de la iniciativa C.A.L.L.E. (Convocatoria Artística Libre Lavapiés Emergente).

Hasta hoy mismo se ha podido ver la colaboración de 38 artistas en 38 locales, contando con la participación de nombres conocidos como E1000, Sr Mu, Dr. Homes, Chylo o Irene Izquierdo. Con la condición indispensable de emplear materiales reciclados, unos y otros se aunaron para dar lugar a producciones que rejuvenecieron tiendas, bares y demás locales. Un árbol de navidad fabricado con vidrios de semáforos y cintas de vinilo daba la bienvenida a los mejores deseos para 2014 en la taberna Donde da la vuelta el viento; lienzos llenos de esperanza decoraban la heladería Sani Sapori; cajas de fruta recordaban la pintura de Francis Bacon; y así un sinfín de obras que conformaban un paso más en el mundo del arte urbano.

Artistas que recorren el mundo rebuscando un individuo amable que convierta sus obras en algo que admirar han encontrado un hueco en este barrio unido y movilizado en pro del arte. Creaciones que si no fuese por iniciativas como C.A.L.L.E. seguiríamos buscando en balde entre los museos más sonados.

En la labor de penetrar en las distintas ramas del arte, como en la vida, hay que caminar con pies de plomo, detenerse en los pequeños detalles y no pasar por alto los lugares más remotos. Donde menos alcanza la imaginación, hay un delicado trabajo esperando a ser apreciado.

Dos veces bueno

María García Tenorio (@mariagta)

“Lo bueno si breve, dos veces bueno”, esa frase que tanto nos recitan nuestras abuelas y no sabemos apreciarla realmente hasta que pasa el límite de su caducidad. Libros, trilogías y sagas que cuando crees que ponen su punto y final, solamente son unos pequeños puntos suspensivos, de tal forma que llegas a plantearte la existencia de qué fue primero ¿el libro o la película, serie, teatro, dibujo…? ¿el huevo o la gallina?.

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En 1917, comenzó a escribirse la famosa novela ‘El Hobbit’, que daría continuidad a ‘El Señor de los Anillos’. Casi 100 años después, y con cinco películas en cabeza, la aventura continúa. Nunca un anillo dio tanto de qué hablar.

Con la entrada del siglo XXI, llegaron los tres primeros episodios de ‘La Guerra de las Galaxias’, donde nos explicaban cosas que no aparecían en los tres episodios posteriores que sacaron anteriormente y cómo Darth Vader llegó al Lado Oscuro. Por si no teníamos clara la trama y cómo surgió todo, en mayo de 2007 nació la serie de dibujos animados ‘La Guerra de los Clones’ que ha costado cancelarla cinco años. Pero… ¿qué pasa después de que las personas felices coman perdices? Que no hay nada más tierno que un hijo siga los pasos de su padre para poder sacar el capítulo VII. Seamos realistas, todos estaríamos en el Lado Oscuro, no hace falta ver como generación tras generación se pasan a él.

Una separación y un viaje en tren crearon al mago más famoso de la historia: ‘Harry Potter’. Detrás de este personaje nos encontramos con siete libros, ocho películas, un diccionario del mago… y el 2014 se presenta con dos nuevos estrenos: el primero, el salto a la gran pantalla del libro de cuentos que leen los jóvenes magos ‘Animales fantásticos’; el segundo es la historia de Harry antes de llegar a Hogwarts en teatro, su trama desarrolla su vida aburrida de “muggle” en el hueco de escalera de la casa de sus tíos. ¿No cree J.K. Rowling que ya ha exprimido bastante la historia? Al parecer, no es suficiente.

No, amigos, no. Esto no es una competición de a ver quién fastidia más su obra. Si Víctor Hugo se levantara y viera las diferentes versiones que han sacado de ‘Los Miserables’, probablemente se plantearía volver al pasado y no escribir.

Desgraciadamente, al contrario que en Matrix, en la vida real no te dan la opción de tomarte una píldora azul para gozar de una dichosa ignorancia y vivir de la ilusión; o su antagónica, la píldora roja, que te permite aferrarte a la verdad aunque sea dolorosa. Yo, en este caso, me tomaría la píldora azul; y es que cuando llegas a la librería y eliges un libro que te acaba gustando,  corres el riesgo de que lo terminen degradando de la peor manera o con la peor de sus versiones.

Todos los libros deberían ser como ‘Cien Años de Soledad’ de Gabriel García Márquez, con un principio, un final y sólo un formato.

Walt Disney sigue vivo

Ángel Ludeña (@angelludena)

No existe un niño que se precie como tal que no conozca alguna película Disney. Puede tener más años de la cuenta, encontrarse en ese momento de madurez o estar empezando a vivir, pero si está sobre la Tierra conoce a Disney o, al menos, a sus cientos de personajes.

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Toda factoría cinematográfica tiene como objetivo alcanzar un número de ventas que la convierta en millonaria, sería absurdo negarlo. Además si a ello le acompaña un momento de éxito y repercusión mediática para la empresa, la dirección y el casting, mucho mejor. Son varias las que lo han conseguido, pero podríamos decir que muy pocas han logrado perdurar tanto en el tiempo creando una cultura propia. Disney, lo ha conseguido. Cenicienta, Blancanieves, El Rey León o La Sirenita han copado las horas y horas de todo niño que se precie ya sea en nuestro país como alrededor del mundo. Todos conocemos las historias, las canciones y a sus queridos personajes. Y no, no sólo han logrado éxito en una franja infantil sino que además han traspasado los grupos de edad.

Esta Navidad, las cadenas han aprovechado el tirón de las películas y han lanzado cine Disney en horarios de gran audiencia. El resultado ha sido más que satisfactorio. Las redes sociales estallaban de comentarios referidos a sus películas, todos preferían quedarse en casa para volver a ver las historias de siempre y aún muchos seguían emocionándose. En un momento en el que se prodiga el cine de autor, en el que parece que ver películas comerciales está de más y donde dicen que no hay dinero para crear, viene Disney con lo mismo de siempre y arrasa. La fórmula sólo la tiene ese señor que dicen está congelado en algún lugar del mundo. Si eso no es cultura, que venga Dios y lo vea.

Escenas olvidadas

Sheila Martín (@sheilamartinw)

Dicen que cuando una noticia no es tratada por los medios con interés y en profundidad, equivale a la inexistencia de la misma. Podrían aquellos atreverse a afirmar, entonces, que el ámbito cultural sufre una parálisis injusta casi desde la muerte de Michael Jackson en 2009. Sin embargo no, cada día en los más de 12.756 kilómetros de diámetro que mide la Tierra, la cultura hierve con noticias sobresalientes que, por algún caprichoso motivo, no son acogidas por los medios generalistas.

El pasado 24 de diciembre las familias españolas se disponían alrededor de una mesa repleta de embustes mientras, a sus espaldas, la televisión que reproducía un concierto de Pablo Alborán se burlaba de todos los comensales descaradamente. En el mundo real, la música lloraba una pérdida injusta que marcaría la historia del pop y rock nacional.

Era el gallego Miguel Costas quien daba la noticia en su cuenta oficial de Twitter: “Es muy triste para mí comunicar el fallecimiento de una gran persona, cantante y amigo. Germán Coppini, D.E.P.”. Ahora más que nunca, “malos tiempos para la lírica” y, sin embargo, ahí estaban todos, de canapé en canapé como si nada, mientras el fundador de Siniestro Total decía adiós a su compañero.

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No fue hasta la mañana siguiente cuando algunos medios reflectaron la noticia en sus sumarios, varios especializados y pocos generalistas, unos cuantos digitales y casi ninguno tradicional. Imagino que en el día de Navidad supone un gran esfuerzo sacrificar minutos de vídeos en los que vemos a unas cuantas familias abrir regalos en sus casas.

Germán Coppini fue vencido por un cáncer de hígado que apenas le había sido detectado días antes, derrotado como pocas veces algo había podido con el que fue voz, pensador y persona fundamental en lo más duro de los años ochenta; imprescindible en los primeros Siniestro Total y cimiento de Golpes Bajos, a quienes hizo sonar a pesar de las bofetadas recibidos por la desagradecida industria discográfica.

Como músico: exacto, único y distinguido; como erudito en política: constituido, justo y noble; como persona: – dicen los que le conocieron – entregado, cercano y protector. Sin embargo, nadie fue capaz de agradecer su lucha hasta el final, no hubo quien parase programación o rotativas para hacer un hueco a su recuerdo. Joder, ¿qué más debió hacer el bueno de Coppini para que ni siquiera el día de su muerte se le otorgue el reconocimiento que merece? Vale que no moviese a un público tan amplio como Jackson, ni mucho menos una masa de fieles como la de Mandela, pero es que deberían bastar las mil batallas a favor de una música libre y progresista para que sus 52 años de vida fuesen rememorados. ¿O es que en la información también se equipara la calidad a la repercusión económica que la persona produjo en vida?

Parece mentira, con lo que gusta reducir la cultura de este país en las últimas décadas a la famosa Movida, y resulta que se permiten el lujo de dejar caer en el olvido a una personalidad esencial en ella. Claro, que tratándose de una noticia musical serán pocos quiénes la echen en falta y, por lo tanto, mejor ocupar espacio con la bazofia habitual.

Son escenas olvidadas, repetidas tantas veces. No se ama a los sumisos, simplemente se les quiere”, que decía el mismo Germán Coppini, tan poeta a veces. Quién iba a imaginar que a pesar de todo el esfuerzo, para una parte del mundo, las suyas acabarían siendo de verdad aquellas “escenas olvidadas”.

Sexo, drogas y rock and roll

Yaiza Soto (@yaiza1304)

Guitarras eléctricas, fuertes baterías, cazadoras de cuero, volumen y sobre todo velocidad. Sí, señores, hablo del rock, ese movimiento surgido en Estados Unidos en la década de los 50, envidiado por muchos otros géneros y eterno amado por todos.

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Como toda religión, el rock también necesita un mesías, en este caso nuestro culpable responde al nombre de Elvis Presley, también conocido como El rey del rock and roll. Su aparición no se haría esperar y sería en 1956 cuando un jovencísimo y desconocido Presley se presentase al público, encandilando a las masas con la considerada como primera canción de rock and roll de la historia, That’s all right Mama. Su popularización, al igual que la del género, fue casi inminente, extendiéndose por gran parte del mundo. Es en estas fechas cuando comienza el fenómeno Elvis y en consecuencia, el fenómeno rock and roll. Una época de crudeza, bailes, tupés, movimientos pélvicos, atractivo físico y voces versátiles, que a más de uno no nos hubiese importado vivir en nuestras propias carnes.

De eso se trata el rock, su composición es sencilla; tres acordes, un fuerte e insistente ritmo de acompañamiento y una melodía pegadiza. Pero esto no había hecho más que empezar, tan sólo diez años después nacía la denominada Invasión británica, protagonizada por grupos como The Rolling Stones, The Kinks, Small Faces, The Who, The Yardbirds, The Animals y sobre todo los míticos The Beatles. No quepa duda de que asistíamos al nacimiento de la gran época dorada de la música.

Su lenguaje era universal y se hizo tan popular que poco tardaron en surgir nuevos géneros musicales relacionados. Desde finales de los años 70 el rock no ha dejado de aportar variantes respecto a las corrientes pioneras, hasta el punto de que resulta imposible su enumeración; Rock psicodélico (Pink Floyd), Punk rock (The Velvet underground), Heavy metal (Black Sabbath), Rock progresivo (Queen), Glam rock (David Bowie), Hard rock (Kiss), Punk (Ramones), Post punk (Joy Division), Rock alternativo (Pixies), Grunge (Nirvana) Britpop (Oasis) y así una larga lista de estilos, grupos, tribus urbanas, canciones, himnos y sentimientos.

El rock, que había nacido como una música destinada a satisfacer la demanda de los adolescentes, no es consciente de todo lo que nos ha podido llegar a aportar en estos 63 largos años de existencia. Con su nacimiento se trastornaron la vida e ideales de América y poco a poco los del mundo entero. Era la corriente del divertimiento generacional, las fiestas y las reuniones sociales, una concepción  que varió de forma radical cuando alcanzó  territorios como el del compromiso político.

El manifiesto de la rebeldía, la desobediencia y la sublevación. Pero no olviden que todo esto no son más que adornos para engalanar a las guitarras eléctricas, las fuertes baterías, el volumen y sobre todo la velocidad.

Sí, señores, esto es rock.

Oídos maleducados

Sheila Martín (@sheilamartinw)

Si a un niño le diesen a elegir lo que quiere comer cada día, el menú siempre se rifaría entre las opciones de pasta, patatas fritas o natillas de chocolate; pero ahí están las madres para imponer su plato de verdura, una ración de pescado y rematar con la cumplida pieza de fruta. Benditas madres, cuántos sabores habríamos dejado pendientes de no ser por ellas, siempre lidiando con nuestro paladar y su síndrome de Peter Pan. Si no se somete a innovaciones y se educa para asimilar nuevos alimentos, el paladar se infantiliza. Con el oído pasa algo parecido.

Desde antes de lo que la memoria de cualquiera pueda alcanzar, incluso desde que el espermatozoide aún camina hasta ser atrapado por el óvulo perfecto, ya nos rodea cualquier melodía responsable de dar el pistoletazo de salida a nuestra educación auditiva. Aquí comienza lo magnífico de la vida, donde la música ejercerá de fiel acompañante hasta el último día.

Los primeros años, mandan los gustos de los adultos que te van pasando entre sus brazos, algo que no me preocupa demasiado si el año de nacimiento está por debajo de la cifra 2000. Desde Camarón hasta los Beatles pudieron sonar en los cassettes de unos padres que vivieron años donde la música casi siempre se hacía desde el corazón. Pudiste comenzar a vivir con el flamenco más cañí o el rock and roll más duro, que si fuiste de los del siglo XX tendrás la tranquilidad de que aquello fue creado, grabado, producido y llevado a los escenarios con mucho mimo. Con el cambio de milenio, la cosa cambia y hacer canciones ya no es tanto un arte como un negocio sujeto a modas y beneficios económicos; pero eso mejor lo tratamos en otro momento.

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En esto de vivir, quieras o no, hay que tomar decisiones y la de elegir lo que prefieres escuchar no tarda mucho en llegar. Unos prefieren “Cinco lobitos” y otros “El cocherito leré”. Luego están los medios de comunicación, que acogen música (a veces) y abren la puerta a un mundo más allá de las canciones infantiles. Llega un día en que todos caemos en los singles del momento, bailamos sobre nuestras camas las canciones más pegadizas y de ahí damos un salto a las discotecas, donde suenan sólo las que triunfan. Aquí es cuando la educación del oído empieza a tropezar, cuando no importa la calidad sino la comodidad de seguir una moda impuesta. Maldita sociedad costumbrista.

Pocos se extrañarán si escuchas a Lady Gaga, en cambio si te decantas por La Faraona o James Morrison y los suyos, debes estar prevenido para las miradas más desconcertantes. No serán muchos los que asocien esos nombres a Lola Flores o The Doors, así que serás tú del que se compadezcan por rebuscar en los entresijos de la historia de la música. Hay que ver, con la magia que esconde bucear entre distintos estilos y artistas, descartar unos, adorar otros, hacerlos tuyos, sentir que has descubierto algo que puede hacerte feliz, llegar a enamorarte para desencantarte cuando te decepcionen y volver a buscar otro que ocupe su lugar, o seguir hasta el final con el matrimonio porque lo tuyo es amor de verdad. Pues no, los hay que prefieren seguir pensando que el pop lo inventó Pereza.

Igual a la gente ya no le gusta la música”, leí esta semana en una entrevista al vocalista del grupo catalán Refree. Lo que pasa es que en esto de la música, muy pocos hay dispuestos ya a entregarse a nuevas aventuras, a esperar con incertidumbre una cita en la que no sabes si te gustará, a dejar atrás aquello que perdió su esencia y a aferrarte a quien consiga forjar los mejores recuerdos. En esto de la música, también se precisa educación. En esto de la música, la curiosidad no mata a ningún gato. En esto de la música, hay que arriesgar. En esto de la música, hay que vivir.

Por una cultura independiente, crítica y actual

Yaiza Soto (@yaiza1304)

Afincado en el número 42 de la calle Alcalá y con las mejores vistas de todo Madrid se encuentra situado el Círculo de Bellas Artes, entidad cultural privada sin ánimo de lucro a la que se le presenta un futuro cuanto menos incierto. El centro, que en los últimos años ha sido blanco fácil de recortes, se encuentra en una difícil situación económica. Ni su paradójica ubicación, al lado del Ministerio de Educación y Cultura, le salva de la notable reducción que ha sufrido su subvención.

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El Círculo de Bellas Artes, para muchos conocido únicamente por su azotea; ese estratégico lugar de Madrid donde divisar la ciudad desde las alturas y de paso hacerse alguna que otra foto, organiza una media de más de mil actividades al año. Su oferta es de lo más variada. En su edificio estudian, crean, se expresan y convergen centenares de artistas de distintas generaciones. Díganme si no es una auténtica maravilla cultural lo que este espacio nos puede llegar a brindar.

La mayor parte de su financiación sale de sus socios, del alquiler de sus salas, del cobro de sus entradas y de los actos que organiza. El presupuesto actual es de 4,6 millones de euros. De esa cantidad, la Comunidad aporta 150.000 euros y el Gobierno central, 120.000. Pero no es oro todo lo que reluce, en los Presupuestos de la Comunidad de Madrid para el próximo año hay reflejado un recorte en el dinero que se destina al Círculo de Bellas Artes. Esto supone el despido del 15% de la plantilla y la desaparición de las secciones de radio y cine del teatro.

Las medidas por parte de la Comunidad de Madrid para fomentar los ingresos de la entidad no son otros que la ampliación del horario de la azotea, que se pretende convertir en un mirador de Madrid, incorporando a una empresa de restauración. Un listón demasiado alto que precisa menos actividades culturales, mismo número de socios y mayor realización de eventos comerciales. Una aspiración que implicaría el distanciamiento con el espíritu del Círculo de Bellas Artes, promover y difundir la cultura. La decisión supone un revés a las actividades que organiza el centro, que abarcan desde las artes plásticas hasta la literatura pasando por la ciencia, la filosofía, el cine o las artes escénicas.

El trato que recibe la cultura en general y El Círculo de Bellas Artes en particular, resulta abusivo si tenemos en cuenta que es el último sector en subvenciones de este país, por detrás de las ayudas públicas a la banca, la construcción o la automoción. Una burla para aquellos que la consideran poco sostenible.

La institución, lejos de quedarse de brazos cruzados ha lanzado un manifiesto en su defensa, donde reza “El Círculo ofrece su apoyo a los que muchas veces han alcanzado aquí el amparo para su trabajo y para su ansia de saber“. Un grito ahogado que reivindica auxilio.

No se le puede volver la cara a una de las entidades culturales más emblemáticas de España, que atrae anualmente a más de un millón de visitantes, pero sobre todo no se le puede volver la cara a lo que verdaderamente prima aquí, la cultura, el sustento de nuestra esperanza en épocas como ésta.

Nadie ve la 2

Ángel Ludeña (@angelludena)

No, no nos engañemos, nadie ve La 2. Si en España hay algo que siempre hemos tenido  claro es que todo aquel que quisiera defender un supuesto nivel cultural superior al resto, tenía que ver La 2. Mucho se ha hablado de eso, de aquellos interminables documentales que todo el mundo veía y que nadie recordaba en contraposición a esos programas rosas que nadie ve y todos conocen.

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Los datos de audiencia no dejan lugar a dudas, en un momento donde TVE, principal canal de la pública, se encuentra más hundido que nunca, La 2 no está mejor. Será un canal secundario, de audiencias minoritarias y defenderá eternamente ese “más vale pocos y buenos” pero la realidad es que hace mucho que nadie habla de La 2, sencillamente porque nadie la ve. Aquí surgen las dudas de siempre. Una televisión pública pagada por el dinero de todos debe aportar un contenido generalista que cubra las necesidades de entretenimiento de los españoles, muy dados todos nosotros a ver la tele más de la cuenta.

Si los datos muestran que los programas de esta televisión no tienen audiencia, ¿por qué se mantienen? Frente a todos aquellos que defienden la necesidad de mostrar un contenido cultural y diferente al resto de canales, se encuentran los que creen que, como dice la lógica, si no se ve lo que muestran, habrá que cambiarlo. No, eso no quiere decir que se tengan que “salvamizar” todas las cadenas y convertir los platós de las teles públicas en una jauría de lobos, ahora llamados colaboradores, en mitad de su minuto de gloria pero sí que se podría apostar por un contenido diferente, de entretenimiento o actualidad que consiga conectar con el público. Aunque pensándolo mejor, si tanto gusta la cultura en TVE, ¿por qué olvidaron emitir el premio Ondas a su reconocida presentadora María Escario? Perdón, sí que se emitió, dos días después cuando ella se quejó públicamente. Tiene su lógica, unatele pública actúa según decida el público. Ahora sólo falta que con La 2 se haga lo mismo y que con cultura o sin ella, se levante la audiencia, que nuestro dinero nos cuesta.

Nunca sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes

Sheila Martín (@sheilamartinw)

“Nunca sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes”. Esa frase que tanto se utiliza para decorar la compunción y que tanto me saca de quicio por su facilidad para ser pronunciada sin ni siquiera pensar a quién y cuándo. Todo aquel que la recibe es metido en el saco de la imprudencia con respecto a sus tenencias, por muy consciente que sea de lo que recientemente ha dejado atrás. No importa si mantenía una relación sincera con aquello que acaba de desaparecer, que si llora su pérdida alguien vendrá con la estúpida frase de turno a decirle, gratuitamente, lo insensato y egoísta de su pesadumbre. Es el hecho de enunciarla sin ton ni son lo que le hace perder toda facultad de raciocinio.

Sin embargo, después de abofetear la ligereza de su uso, he de confesar que hace unos días me vi en la tesitura de tener que asociarla a una situación. Envueltos en esta vorágine de cercenaduras a la cultura en la que se están empleando todos los sistemas habidos y por haber para fusilarla a conciencia, me pregunto si queda algún despropósito más por llevar a cabo.

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No contentos con querer privatizarlo, aunque ellos lo adornen con retórica desgastada y no quieran expresarlo así, también se han sentido aptos para cambiar su nombre. Si el bueno de Fernando siguiese aquí, seguramente no bastaría con un “váyanse a la mierda” para condenar el atrevimiento de todos aquellos que se creen capacitados para jugar con su teatro; porque si tiene que ser de alguien, que sea suyo. Fernán Gómez son los apellidos de la discordia.

Esas letras que merecen la pena como pocas cosas en la plaza de Colón, fueron retiradas hace hoy una semana porque según la percepción del nuevo director del centro, vendían únicamente teatro y no cultura en todas sus variantes. Dichosa casualidad que el que hacía a las veces de escritor, actor, guionista y director fuese la imagen sagaz del anarquismo. No era el pelo lo único que Fernando Fernán Gómez lucía con aires colorados, y eso ahora no gusta.

Aún hay más. Remata esta cadena de coincidencias la más insensible y bochornosa. Y es que la orden y labor de retirada de las letras, comenzó un día antes del sexto aniversario de la muerte del escritor. Hasta tal punto de desvergüenza hemos llegado. Tanta es la indiferencia de los peces gordos que ya ni siquiera miran de reojo a su alrededor antes de atacar.

Poco importa que la alcaldesa de Madrid rectificase al día siguiente si la repugnante chapuza ya estaba hecha. Las ofensas no se curan reculando, ni la cultura se saca a flote por una decisión tomada en pleno sofocón. La esperanza de este naufragio ahora permanece en quienes abrazan el teatro Fernán Gómez como mimando a la figura de Fernando. Al final sólo quedamos los espectadores, que nadamos en un nivel de desconsideración a punto de desbordarse y otorgar el best seller al libro de Belén Esteban. Será entonces, sólo entonces, que tendremos que decirnos: “Nunca sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes”.