Oídos maleducados

Sheila Martín (@sheilamartinw)

Si a un niño le diesen a elegir lo que quiere comer cada día, el menú siempre se rifaría entre las opciones de pasta, patatas fritas o natillas de chocolate; pero ahí están las madres para imponer su plato de verdura, una ración de pescado y rematar con la cumplida pieza de fruta. Benditas madres, cuántos sabores habríamos dejado pendientes de no ser por ellas, siempre lidiando con nuestro paladar y su síndrome de Peter Pan. Si no se somete a innovaciones y se educa para asimilar nuevos alimentos, el paladar se infantiliza. Con el oído pasa algo parecido.

Desde antes de lo que la memoria de cualquiera pueda alcanzar, incluso desde que el espermatozoide aún camina hasta ser atrapado por el óvulo perfecto, ya nos rodea cualquier melodía responsable de dar el pistoletazo de salida a nuestra educación auditiva. Aquí comienza lo magnífico de la vida, donde la música ejercerá de fiel acompañante hasta el último día.

Los primeros años, mandan los gustos de los adultos que te van pasando entre sus brazos, algo que no me preocupa demasiado si el año de nacimiento está por debajo de la cifra 2000. Desde Camarón hasta los Beatles pudieron sonar en los cassettes de unos padres que vivieron años donde la música casi siempre se hacía desde el corazón. Pudiste comenzar a vivir con el flamenco más cañí o el rock and roll más duro, que si fuiste de los del siglo XX tendrás la tranquilidad de que aquello fue creado, grabado, producido y llevado a los escenarios con mucho mimo. Con el cambio de milenio, la cosa cambia y hacer canciones ya no es tanto un arte como un negocio sujeto a modas y beneficios económicos; pero eso mejor lo tratamos en otro momento.

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En esto de vivir, quieras o no, hay que tomar decisiones y la de elegir lo que prefieres escuchar no tarda mucho en llegar. Unos prefieren “Cinco lobitos” y otros “El cocherito leré”. Luego están los medios de comunicación, que acogen música (a veces) y abren la puerta a un mundo más allá de las canciones infantiles. Llega un día en que todos caemos en los singles del momento, bailamos sobre nuestras camas las canciones más pegadizas y de ahí damos un salto a las discotecas, donde suenan sólo las que triunfan. Aquí es cuando la educación del oído empieza a tropezar, cuando no importa la calidad sino la comodidad de seguir una moda impuesta. Maldita sociedad costumbrista.

Pocos se extrañarán si escuchas a Lady Gaga, en cambio si te decantas por La Faraona o James Morrison y los suyos, debes estar prevenido para las miradas más desconcertantes. No serán muchos los que asocien esos nombres a Lola Flores o The Doors, así que serás tú del que se compadezcan por rebuscar en los entresijos de la historia de la música. Hay que ver, con la magia que esconde bucear entre distintos estilos y artistas, descartar unos, adorar otros, hacerlos tuyos, sentir que has descubierto algo que puede hacerte feliz, llegar a enamorarte para desencantarte cuando te decepcionen y volver a buscar otro que ocupe su lugar, o seguir hasta el final con el matrimonio porque lo tuyo es amor de verdad. Pues no, los hay que prefieren seguir pensando que el pop lo inventó Pereza.

Igual a la gente ya no le gusta la música”, leí esta semana en una entrevista al vocalista del grupo catalán Refree. Lo que pasa es que en esto de la música, muy pocos hay dispuestos ya a entregarse a nuevas aventuras, a esperar con incertidumbre una cita en la que no sabes si te gustará, a dejar atrás aquello que perdió su esencia y a aferrarte a quien consiga forjar los mejores recuerdos. En esto de la música, también se precisa educación. En esto de la música, la curiosidad no mata a ningún gato. En esto de la música, hay que arriesgar. En esto de la música, hay que vivir.

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